jueves, 17 de junio de 2010

Claude Cahun.



Alocución pagana.

¿Es que, acaso, estimáis que por creer
en la inmortalidad,
os tendrá que ser dada?
Es obra de la fe, del egoísmo
o la desolación.
Y si existe, no importa no haber creído en ella:
respuestas ignorantes son todas las humanas
si a la muerte interroga.

Seguid con vuestros ritos fastuosos, ofrendas a los dioses,
o grandes monumentos funerarios,
las cálidas plegarias, vuestra esperanza ciega.
O aceptad el vacío que vendrá,
en donde ni siquiera soplará un viento estéril.
Lo que habrá de venir será de todos,
pues no hay merecimiento en el nacer
y nada justifica nuestra muerte.

Francisco Brines.

martes, 15 de junio de 2010



Es así, la belleza.

Es así, la belleza
se mide por milímetros.
Igual que el hielo quiere
ser sólo agua corriente,
la belleza se mide por milésimas
de segundo, por micras.
No por eternidades.
No en toneladas, grandes
cumbres, espacios
que sobrecogen. Siempre
se resuelve en la foto
finish, no en lo sublime. Nunca.
Al final la hermosura
se decide por poca diferencia.
Cero a cero. No hay mucho
que añadir. ¿Quién no ha visto
la luna, despistada,
sobre los edificios,
sobre la niebla tóxica,
rompiendo el cielo sucio
un lunes a las diez
de la mañana?.

Javier Rodríguez Marcos.

sábado, 12 de junio de 2010

Batman.



Batman.

Me hablaba el jefe, y no
era de mi de quien hablaba, pero al hablarme, y hablarme de sí mismo
tan fervorosamente, hablaba
de mí, de cómo me juzgaba digno
de sus palabras un momento, o así lo pensé. Y, mientras
él creía que yo sólo escuchaba
(o así yo lo creía),
recordé la existencia de animales
que pueden orientarse por el eco
de sus propios sonidos, los murciélagos.

Justo Navarro.

viernes, 11 de junio de 2010

V. Van Gogh.



Cuando cuento las horas que jalonan el tiempo
viendo el día radiante convertirse en la noche,
cuando al fin contemplamos las violetas marchitas
y los rizos oscuros recubiertos de plata;
o la altiva arboleda despojada del verde,
que era palio de sombra para todo un rebaño,
y la mies del estío abrazada en gavillas
en su carro de muerte con sus barbas hirsutas,
me pregunto qué suerte correrá tu belleza;
te veré entre las ruinas que son obra del tiempo
ya que toda belleza deja atrás lo que fue,
muere al fin mientras otras surgen ante sus ojos.
Nada puede afrontar la guadaña del tiempo,
sólo un hijo quizá cuando tú ya no estés.

William Shakespeare.

jueves, 10 de junio de 2010

Egon Schiele.



El origen del mundo.

A Felipe Benítez Reyes.

No se trata tan sólo de una herida
que supura deseo y que sosiega
a aquellos que la lamen reverentes,
o a los estremecidos que la tocan
sin estremecimiento religioso,
como una prospección de su costumbre,
como una cotidiana tarea conyugal;
o a los que se derrumban, consumidos,
en su concavidad incandescente,
después de haber saciado el hambre de la bestia,
que exige su ración de carne cruda.
No consiste tan sólo en ese triángulo
de pincelada negra entre los muslos,
contra un fondo de tibia blancura que se ofrece.
No es tan fácil tratar de reducirlo
al único argumento que se esconde
detrás de los trabajos amorosos
y de las efusiones de la literatura.
El cuerpo no supone un artefacto
de simple ingeniería corporal;
también es la tarea del espíritu
que se despliega sabio sobre el tiempo.
El arca que contiene, memoriosa,
la alquimia milenaria de la especie.
Así que los esclavos del deseo,
aunque no lo sospechen, cuando lamen
la herida más antigua, cuando palpan
la rosa cicatriz de brillo acuático,
o cuando se disuelven dentro de su hendidura,
vuelven a pronunciar un sortilegio,
un conjuro ancestral.
Nos dirigimos
sonámbulos con rumbo hacia la noche,
viajamos otra vez a la semilla,
para observar radiantes cómo crece
la flor de carne abierta.

La pretérita flor.

Húmeda flor atávica.

El origen del mundo.

Carlos Marzal.

miércoles, 9 de junio de 2010



Sucederá ahora esto, y después aquello;
y tal será, en un año o dos (así lo creo),
el aspecto de nuestros actos, tal su forma.
Ningún temor por un mañana demasiado remoto.
Siempre por lo menos decidiremos.
Y cuanto más intentemos, más arruinaremos,
destruiremos, hasta desembocar
en el caos. Y así habrá de terminarse.
Es el momento dispuesto por los dioses.
Los dioses se vengan siempre. Bajarán
de sus recintos, la salvación otorgando,
de improviso, a unos y otros,
sorprendentemente; y una vez puesto orden en nuestros asuntos,
desaparecerán. Así ha de empezar todo
de nuevo; y así siempre
ha de ser. Empezar una y otra vez.

Konstantino Kavafis.

lunes, 7 de junio de 2010