domingo, 14 de noviembre de 2010

Saura.



Tiburón.

Intenta gritar pero sólo consigue que de su boca salga un susurro: hay un tiburón debajo de la cama. Su voz le suena extraña, como el crepitar de una radio mal sintonizada. ¿Por qué no me hacen caso ? Cree que si se mueve, el tiburón le irá mordiendo los dedos de los pies, seguirá con las manos y después con las orejas. Por eso se queda quieta. No moverse, no respirar. Tal vez el tiburón desaparezca, como otras veces. O peor, podría traer a su amigo el cocodrilo, y entre los dos darse un atracón con ella.
No ha comido nada, me ha dicho la enfermera, lleva toda la noche hablando y las gotas del sedante no le han hecho efecto. Pobre mamá, no sabe que el tiburón ya se la comió hace meses, que solo dejó su pesadilla, enrollada como monda de naranja bajo la sábana. Su pesadilla es todo lo que queda de mamá. Hasta que vuelva el tiburón a terminar el festín.

Araceli Esteves.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Diego Rivera.



Degeneración.

La misma naturaleza,
se falsea y deteriora,
falta a su misión divina,
los vicios del hombre toma.
Los animales y plantas
de la tierra, gala y pompa,
faltan a sus juramentos
y mienten como personas.
No tienen pudor los lirios,
ni las violetas ni rosas;
las mariposas los besan
y sus pétalos deshojan.
Y la fama de modestia
de la violeta es apócrifa;
es una flor muy coqueta
y que apetece la gloria.
No creo del ruiseñor
en las ardientes estrofas;
solo por pura rutina,
canta de amor y solloza.
La verdad se fue del mundo,
la constancia no es gran cosa,
y la lealtad de los perros
ha pasado a la historia.

Heinrich Heine.

domingo, 7 de noviembre de 2010



La rosa enferma.

¡Está enferma la rosa!
El gusano invisible
que en la noche vuela,
al aullar la tormenta
a tu lecho llega
de alegría escarlata;
y su oscuro amor secreto
tu vida avasalla.

William Blake.

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viernes, 5 de noviembre de 2010

David Friedrich.



¡Oh viejo capitán! ¡Oh Muerte, leva el ancla!,
nos aburre esta tierra; zarparemos, que es la hora!
Si en el cielo y el mar hay negruras de tinta,
los pechos que conoces están llenos de rayos.
¡Viértenos tu veneno, y que él nos reconforte!
Queremos, tanto el fuego nuestros cerebros quema,
descender al abismo, ¿qué importa Infierno o Cielo?
¡al fondo de lo Ignoto para encontrar lo nuevo!

Charles Baudelaire.

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miércoles, 3 de noviembre de 2010

Himalaya.



De una expedición no efectuada al Himalaya.

Ajá, así que esto es el Himalaya.
Montañas corriendo hacia la luna.
El momento del despegue eternizado
en un cielo de pronto descosido.
Un desierto de nubes perforado.
Golpe en la nada.
Eco: blanca mudez.
Silencio.
Yeti, abajo es miércoles:
hay pan, abecedario,
dos y dos son cuatro
y la nieve se derrite.
Hay una manzana roja
partida en cruz.
Yeti, no sólo el crimen
es posible.
Yeti, no todas las palabras
condenan a muerte.
Heredamos la esperanza,
don del olvido.
Verás cómo parimos
en las ruinas.
Yeti, tenemos a Schkespeare.
Yeti, tocamos el violín.
Yeti, en la penumbra
encendemos la luz.
Aquí, ni luna ni tierra,
y se congelan las lágrimas.
¡Yeti, cuasiconejo lunar,
piénsalo bien y vuelve!
Así, entre cuatro paredes de avalanchas,
llamaba al Yeti y pataleaba,
para entrar en calor,
sobre las nieves
perpetuas.

Wyslawa Szymborska.

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lunes, 1 de noviembre de 2010

Canto porque me levanto siempre con las mismas penas,
con las heridas abiertas que siguen sin cicatrizar.
Vago por las veredas, por desiertos, por la selva,
surcando los anchos mares, hacia ningún lugar.

Canto porque me canso de dar explicaciones,
no tengo soluciones, ¿para qué tanto preguntar?
Salto de cama en cama, de boca a boca, de falda en falda.
No vuelvo por donde vine, nunca miro hacia atrás.

Y no hay mejor ni peor, pues con la gente que tropiezo,
sufren del mismo dolor, están igual, el mismo dolor.
No hay mejor ni peor, si estás quieto o en movimiento,
sufres el mismo dolor, estás igual, el mismo dolor.

Canto porque me harto de lugares concurridos,
de esquemas aburridos para conseguir seguridad.
Parto de aquí a otro lado, crías cuervos, y te comen los ojos luego.
Canto porque me levanto, siempre con las mismas penas.

Y no hay mejor ni peor, pues con la gente que tropiezo,
sufren del mismo dolor, están igual, el mismo dolor.
No hay mejor ni peor, si estás quieto o en movimiento,
sufres el mismo dolor, estás igual, el mismo dolor.

Enrique Bunbury.

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